“Es necesario orar siempre,
Y orar sin desfallecer”
(Jesús de Nazaret).
Cada vez se extiende más en ciertos ambientes la idea de que tenemos que
referirnos a Dios para enfrentar nuestra situación. Es una idea cada vez mas
extendida y que aflora, de diferentes maneras y en cualquier situación
propicia, incluso, en los medios de comunicación. No es rara esta
actitud. El Apocalipsis se pone de moda en los tiempos de crisis. Se experimenta,
ante situaciones difíciles, nuestra incapacidad radical para lograr el anhelo
de paz, de tranquilidad, de justicia y de belleza.
No se trata simplemente de un imaginario colectivo sino de una realidad
muy profunda; es la sensación que brota de sabernos rebasados e impotentes ante
el mal que toma formas muy virulentas y agresivas. Las medidas humanas siempre
se quedan cortas, por necesarias que sean, y en circunstancias
especiales surge la necesidad de referirnos a Alguien que pueda ser luz en el
camino, que nos indique la dirección correcta. Necesitamos una ayuda especial
para ver objetivamente la situación y colocarnos correctamente en ella, par
hacer la opciones operativas correctas.
Hace unos días, una mujer habló a un programa televisivo matutino para
pedir angustiosamente que el Obispo nos citara, cuando y donde él quisiera,
para hacer oración, para orar y pedir a Dios que nos ayude en esta
situación. Hacía referencia a la violencia que vive nuestra ciudad y en
general, el País. De ahí en adelante, conforme la técnica de esos programas de
teléfono abierto, muchas personas hablaron en ese mismo sentido. Por
ello, he creído oportuno abordar el tema de la oración. Y el simple hecho de
que este tema aparezca en una página editorial es en sí mismo significativo.
Después de todo, la fe no es algo que se pueda relegar al ámbito privado.
La oración. “Para mí, la oración
es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito
de reconocimiento y de amor tanto desde adentro de la prueba como desde dentro
de la alegría”, así hablaba de la oración Teresita de Lisieux. Para el hombre
religioso los tiempos de la oración son los momentos de su vida en los que él
se ve confrontado con el misterio último de su existencia. Solamente en la
oración, cuando el hombre se encuentra delante de Dios y se dirige a Dios, es
plenamente él mismo; no puede esconder, ya, nada: sus deseos más profundos, sus
ideales, también su debilidad, y sus pecados, aparecen a plena luz, en la luz
misma de Dios. En la oración, el hombre desarrolla en su intimidad una mirada
más serena, más objetiva, y encuentra, también, la orientación fundamental y
más auténtica de su vida. Todos conocemos esa frase lapidaria de
San Agustín: «Señor, tú nos hiciste para ti, y nuestro corazón estará inquieto
hasta que descanse en ti». Precisamente en la oración, el hombre se encuentra
delante de Dios y, en un cierto sentido, se cumple el dictado de San Agustín
pues en la atmósfera de la oración de alguna manera el hombre ya descansa en
Dios. Por eso, cuando nos es dado penetrar en el misterio y en el
santuario de la vida de oración de un hombre, podemos descubrir algo de su más
profundo secreto y del valor auténtico ad esa persona.
Hacer oración. Como cristianos
podemos afirmar que la raíz de la crisis general que padecemos, incluyendo la
crisis de las conciencias, es la ausencia de la vida de oración. ¿Quién hace
oración, realmente, hoy? Sin la oración la fe misma muere. El hombre
necesita la oración para permanecer espiritualmente sano. “La
influencia de la oración sobre el espíritu se demuestra tan fácil como la
secreción de las glándulas”, según frase de Alexis Carrell, converso y Nóbel de
medicina. Sin embargo, la oración sólo puede brotar de una fe viva.
Y la fe sólo puede estar viva si se hace oración. La oración no es una
actividad que pueda ejercitarse o abandonarse sin que la fe se vea afectada por
ello. La oración es la expresión más elemental de la fe, del contacto con
Dios, al que fundamentalmente está dirigida. Karl Rahner decía que el
cristiano que no ora le da la razón al ateo.
Se habla con suma ligereza de “crisis”, como si esta existiera por sí
sola, sin causas, sin raíces. La crisis más honda es la crisis espiritual, -
crisis de trascendencia, dicen los sociólogos -, el olvido de que somos seres
espirituales, que tenemos un alma, que tenemos hondura, que podemos
encontrarnos con nosotros mismos, ser concientes de la propia existencia, que
podemos encontrarnos con el otro y podemos hacer la experiencia de Dios; que
necesitamos profundamente a Dios para vivir con sentido, y todo esto es
imposible si no hay oración en nuestras vidas. Pablo VI afirmaba que el
cristianismo es imposible sin oración.
Se deja sentir un vacío religioso en el que Dios es sustituido por
ídolos y, cuando la idea de Dios se oscurece, se oscurece, al mismo tiempo, la
idea del hombre, se oscurecen los valores auténticos que constituyen nuestra
herencia más preciosa; comenzamos, entonces, un proceso de deshumanización.
En el Islam se dice que «el hombre que no ora es cada vez es menos hombre».
Esto quiere decir que el hombre que no ora pierde hasta su conciencia de ser
humano, se pierde así mismo. Va descendiendo en la escala de la calidad del
ser. Es cada vez menos humano. ¿No es ésta la crisis fundamental de nuestro
tiempo? El filósofo alemán Marx Scheler, el primer en haber considerado
seriamente los valores, como contenido de la filosofía, decía que solamente la
religión hace al hombre más hombre, es decir, más humano.
La facultad orante del hombre. ¿Dónde
radica la capacidad orante del hombre?, ¿dónde está, en nosotros, la raíz de la
oración? Está escondida en el fondo del ser espiritual creado y finito.
Está en esa apertura, en esa intencionalidad fundamental por la cual el
espíritu es espíritu. Apertura infinita, incluso en la experiencia vivida
de la finitud del sujeto. Seres limitados, contingentes, pobres
existencialmente, pero con una capacidad infinita, con una sed infinita de
comunión y e amor. De ahí la atención, el sentimiento de no poder jamás
adecuarnos plenamente a nosotros mismos, de no poder jamás llenar la infinita
capacidad de nuestro corazón, de no poder jamás aquietar esa inquietud de la
que habla San Agustín. Aquí está la grandeza auténtica del hombre: polvo,
como decía el poeta Quevedo, pero polvo enamorado. Sentimiento de nuestra
dependencia, y diré, de nuestra nada ante el infinito al que se abre el
espíritu; necesidad sentida de una ayuda para lograr la propia realización. Esta
conciencia profunda, subterránea, este «subconsciente espiritual» como dice
Maritain es el humus de donde brota nuestra oración. La conciencia vivida
de nuestra dependencia total de Dios, de nuestra nada ante él, es la humildad.
La humildad es la verdad. La humildad es una disposición necesaria para recibir
gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios. (San
Agustín), siempre necesitado de él para cumplir su destino. ¿Desde dónde
hablamos cuando oramos? ¿Desde la altura de nuestro orgullo y de nuestra propia
voluntad, o desde “lo más profundo” (Sal 130,14) de un corazón humilde y
contrito? El que se humilla es enlazado. (cf. Lc. 18,9-14) La humildad es
la base de la oración. “Nosotros no sabemos pedir como conviene”. (Rm. 8,26).
La oración, pues, nos aparece como la expresión, la actuación más alta
de la dimensión metafísica que funda la dignidad humana. Podemos decir, de ésa
«verticalidad» del espíritu humano, hecho no sólo para contemplar y dominar la
tierra, sino para mirar más arriba, hacia el cielo, hacia las regiones
superiores del ser y hacia a Aquél que está más allá de todo ser. Antes que
disminuir o humillar al hombre, la oración lo exalta. Se entiende, entonces,
por qué los musulmanes consideran al hombre que no hace oración como un «no
hombre», según lo explicaba más arriba.
Diálogo sencillo con Dios. Con el Padre del cielo hay que
conversar con originalidad y autenticidad. Ésa es una de las claves de la
genuina infancia espiritual. Lo importante no es que se repita una determinada
jaculatoria, sino que ella sea la expresión de nuestra actitud dialogante
para con Dios. Hoy somos muy superficiales y mecánicos en nuestro trato con
Dios; de ahí que nunca esté de más que hagamos hincapié en tomar conciencia de
que hay que hablar con Dios de manera original y auténtica, cada uno con sus
propias palabras. También podemos desahogar nuestro enojo en la conversación
con Dios, manteniendo siempre una actitud de respeto. Ojala volviésemos a
aprender a hacerlo…Eso es infancia espiritual. Así nuestra religiosidad irá
despertando y creciendo quizás lenta, quizás rápidamente, pero sea como
fuere, se revitalizará.
Sin embargo, tenemos la triste experiencia que tuvieron tantas
personas que aspiraban a la santidad; en nuestra juventud pasamos por un tiempo
de “primavera”; ¡lo que no habremos hecho por entonces! No era orgánico, no era
sano. Por eso cuando fuimos creciendo abandonamos esas cosas. Escarmentamos y
nos hicimos recelosos: probamos lo que decían los libros y ahora ya no hacemos
nada. Por eso con mayor razón deberíamos aprender a dialogar con sencillez y
autenticidad con Dios, tal como lo hacen nuestros padres y abuelos. Ellos no
sabían tantas teorías, pero el Espíritu de Dios estaba allí. Hablemos a menudo
con Dios; pero no con la boca – cada uno es libre de hacerlo -, sino con el
corazón.
Con cierta discreción. Miles de
creyentes en nuestra ciudad hacen oración todos los días; millones de creyentes
en el mundo oran a diario y existen comunidades que se dedican a la oración a
tiempo completo. Es una realidad que existe y
que los medios no van a reportar. Y, quizá, no tengan porqué hacerlo. De ahí
que la petición de señora que habló al programa televisivo para pedir que el
Obispo citara en algún lugar para orar me parezca curiosa. ¿No será que
buscamos la espectacularidad? ¿No oirá mejor Dios porque nos reunimos en el
Asta Bandera? ¿No se tratará de una idea inadecuada de lo que es la oración y
del sentido Iglesia? ¿No será en el fondo una desilusión de nuestra fe? “Tu, cuando
vayas a rezar, entre en tu cuarto, cierra la puerta y reza a tu Padre en lo
secreto. …”. Esto no está reñido con la oración comunitaria. Ahí tenemos
nuestras comunidades bien abiertas. Sin embargo, el hecho en sí revela que se
experimenta la agudeza del problema y, por lo tanto, la necesidad que tenemos
de Dios.
Materia prima de la oración. La
vida con sus avatares, con esa alternancia de situaciones, de risas y lágrimas,
de alegrías y desencantos, de amores y de traiciones, de caídas y momentos de plenitud,
con sus dudas e incertidumbres; la vida, pues, con todo lo que la va
tejiendo, constituye la materia prima de la oración. Se hace oración con la
vida, con nuestros recuerdos, revisando los dones recibidos, llorando el tiempo
perdido. Se hace oración en los mementos excelsos y en los momentos del supremo
sacrificio. Cecilia Perrin, es mujer francesa a quien, estando embarazada, le
fue detectado un cáncer. Renunció a cualquier tratamiento que pudiera poner en
peligro la vida de su hija, que nació sana. Algunos meses más tarde, Cecilia
fallecía a causa de la enfermedad. De ella es esta oración.
Permites que se estremezca todo mi ser.
en
los momentos más duros, pregunto por qué.
Mi humanidad se resiste, Señor,
aunque
Tú, más allá de mis límites, estás;
te
siento y te siento como eres: Amor.
No te descubro, pero siento tu Presencia.
No te veo, pero sé que estás.
Te cuestiono, pero solamente
porque
mi debilidad requiere una respuesta.
En cambio, mi corazón sabe que estás.
Que eres Amor.
Qué raros son tus caminos para mí,
pero
también son los únicos
que
quiero recorrer.
Qué incomprensible te muestras,
pero
lo más importante,
lo
más grande
no
es que te encuentre incomprensible,
sino
que te muestras a mí,
tus
caminos son una locura,
rompen
mi humanidad,
pero
son los únicos que quiero recorrer.
No permitas que me aparte de Ti, Señor.
Es la historia de Job que revive en cada hombre y en cada mujer abatido
por el sufrimiento supremo e incomprensible. Ahí surgen las preguntas más
crueles, la que no tienen respuesta aparente, fácil. Y Dios no teme a las
preguntas de sus hijos; es más, quiere oírlas. Es el misterio de sufrimiento
humano.
Lo determinante. Pero lo que determinó
este artículo es el reporte de una nota policiaca. Apilados en la banqueta
fueron depositados tres cadáveres envueltos en cobijas. Decenas de
residentes de la zona se congregaron para ver la escena, como si fuera un
espectáculo, pero en medio de la gente se destacó una viejecita que estaba con
las manos juntas hacia enfrente, orando por los difuntos: “Le pido a Dios que
encuentren la calma, porque, de seguro, no tuvieron tiempo de arrepentirse. Que
Dios les perdone sus culpas”. Y continuó: “Padre nuestro que están en el cielo ….” (PM. 19.05.08). Esa es la oración y esa es la
mujer, la abuelita que ora y, tal vez, la que está haciendo lo único y lo más
importante que se puede hacer. Se trata del gesto de auténtica compasión. “Tal
vez no tuvieron tiempo de arrepentirse”. En no sé en cual obra de Shakespeare,
un hombre piensa dar muerte a su rival cuando éste esté en pecado para que,
además de perder la vida, se condene eternamente. Esa abuelita desconocida ora
para que en ese caso no sea así. Y como es abuelita, existen muchas otras que
oran en el silencio de su corazón. Tal vez por esa “anónima oración” estemos
todavía aquí, con la luz de la esperanza. Esta abuelita no necesitó de
convocatoria alguna para la oración sencilla y piadosa. En
todo caso es Jesús, quien nos ha mandado orar siempre y sin desfallecer.